lunes, 28 de junio de 2010

Mascotas para niños (III): Quiero un poni


Muchos niños se sienten atraídos por los animales y la idea de montar a caballos les resulta muy alagüeña. No son pocos los que, después de un breve contacto con uno de estos equinos, desea seguir relacionándose con ellos.

La monta es una actividad física muy interesante, ya que aporta, además del ejercicio físico, un componente de relación hombre-animal que ha mostrado ser muy positiva en muchos estudios. De hecho, con frecuencia se utilizan caballos y ponis en programas de terapia para niños con problemas de socialización (autistas), cognitivos y motrices, por el gran aliciente que suponen para ellos. Tampoco es raro que se utilicen en terapia de adultos, especialmente para personas con algún tipo de dependencia o adicción.

Sin embargo, el mejor modo de acercarse a este mundo que tantos beneficios puede reportar a nuestros hijos no suele ser comprar un caballo y meterlo en el jardín, ni siquiera en una cuadra. A continuación, sugiero algunos pasos que pueden ser de ayuda para los que quieran poner a sus hijos en relación con un nuevo amigo equino.

1.Acercarse al mundo de los equinos


Si nuestro hijo aún es pequeño, no es recomendable empezar montando un caballo, que es un animal muy grande y bastante imponente. La mayor parte de los centro hípicos tienen escuelas infantiles en las que los niños empiezan montando ponis (que nos dejan de ser caballos de hasta 1'5 m.), mucho más adecuados a su tamaño y, con frecuencia, de carácter tranquilo en comparación con muchos de sus hermanos mayores.

Si nuestro hijo es más mayor (a partir de 10-12 años), el propio centro hípico nos sugerirá que empiece a montar caballos directamente. En este sentido, es bueno dejarse aconsejar por los profesionales, que conocen bien a sus animales y tienen experiencia en este campo.


En cualquier caso, es bueno que el niño tienda a montar siempre el mismo animal, para que se genere un vínculo de confianza entre ambos. Llevarle algún azucarillo o una manzana para dárselo al final de la clase (siempre con permiso del profesor) puede ser una experiencia agradable para nuestro hijo y su amigo equino. Además, a partir de cierta edad, sería bueno que enseñaran a nuestro hijo, no sólo a montar, sino también a bañar, cepillar y cuidar a su amigo de cuatro patas.

2. Echar cuentas

Si nuestro hijo disfruta montando a caballo, no será extraño que acabe pidiéndonos uno. Esto será especialmente imperante para él si en algún momento tiene la oportunidad de comenzar a competir en salto o doma.

No obstante, hay que tener las cosas muy claras a la hora de hacerse con un animal y, en este caso, la situación es especialemnte importante, porque los gastos que acarrea un equino van más allá de un saco de pienso y alguna visita ocasional al veterinario del barrio.

Los caballos y los ponis requieren una serie de cuidados específicos que deben proporcionarse a diario, incluida la necesidad de ser montados para no volverse agrestes. Si tenemos una finca en la que pueda vivir nuestro amigo, habrá que proporcionarle un techado, comida extra en las épocas de escasez natural, vigilar que no haya plantas venenosas, sitios en los que pueda lesionarse y proporcinarle agua limpia y fresca. Además, tendremos que ver cómo vamos a hacer para protegerle del frío y el calor extremos. A todo esto habrá que añadir los cuidados necesarios de su pelo, así como de su salud.


Si no tenemos una finca, tendremos que contratar un espacio en el que pueda vivir, probablemente un box en un picadero. Es mucho más cómodo, puesto que podemos contratar un paquete de servicios que incluyan que algún mozo esté pendiente de que nuestra mascota, proporcionándole alimentos y cuidados. Sin embargo, esta opción suele ser mucho más cara.

En todos los casos, lo importante es hacer cuentas y asegurarse de que estamos dispuestos a pagar esa cantidad de dinero por tener un animal al que poder montar. Y también hay que pensar que, si no montamos con frecuencia, igual no tiene sentido realizar este tipo de gasto.

3. Elegir el animal

Una vez decidido que vamos a comprar un equino y dónde y cómo lo vamos a mantener, es importante tener en cuenta que la elección del mismo no es trivial.

Si nuestro hijo es muy pequeño, puede ser interesante comprarle un poni, pero tenemos que tener en cuenta que, tarde o temprano, se le quedará pequeño. En ese momento, ¿qué vamos a hacer con el animal que ya tenemos? ¿Vamos a comprar otro?


En cualquier caso, el animal que compremos debe ser acorde, no sólo a la edad de nuestro hijo, sino también a su dominio de la monta (un animal tranquilo siempre es mejor apuesta para un niño), al tipo de actividad que quiere realizar (montar por el campo, saltos, doma...) y al presupuesto de que disponemos (el precio de los caballos puede variar muchísimo de un ejemplar a otro). También es importante tener en cuenta qué edad queremos que tenga el animal, puesto que eso nos dará una idea del tiempo de vida que le queda y de las posibles necesidades específicas que pueda tener cuando empiece a tener achaques.

Es importante que contemos con el asesoramiento de un especialista que no esté metido en la transacción. Es difícil que nosotros sepamos valorar adecuadamente el ejemplar que nos enseñan y, por tanto, es fácil que nos cuelen algún gol. Además, no compres nunca si hacer pasar al caballo/poni por un veterinario. El vendedor puede exigir que la revisión salga de tu bolsillo, pero bien merece la pena hacer esa inversión para no tener sustos luego.

lunes, 7 de junio de 2010

Gatos y embarazo


Es frecuente encontrar en los periódicos y servicios de anuncios por palabras personas que buscan activamente deshacerse de un gato porque han quedado embarazadas. Eso en los mejores casos, el embarazo de la dueña, manda a la calle a mucho gatos todos los años. Este comportamiento suele responder a una recomendación médica algo temeraria: ¿Está usted embarazada y tiene gato? Sáquelo de casa. 

Esta recomendación médica suele provenir de una exageración respecto del riesgo real que supone tener un gato durante el embarazo. 

Existe una enfermedad llamada toxoplasmosis que es totalmente inocua si se contrae en cualquier momento de la vida, excepto si tu madre la contrae mientras está embarazada de ti. En caso de que una mujer embarazada la desarrolle, puede afectar al embrión, generando distintos tipos de disfunciones que acaben suponiendo algún tipo de limitación física, perceptiva o cognitiva en el niño (que será más grave cuantas menos semanas de embarazo hayan pasado). Sin embargo, el gato, aunque en escenarios muy concretos puede transmitir la enfermedad, no es el agente principal que lo transmite. 

La mayor parte de las mujeres que contraen la enfermedad lo hacen a través de alimentos mal cocinados (especialmente carnes), mal lavados (ensaladas, frutas, verduras...) y falta de higiene (no lavarse adecuadamente las manos antes de manipular alimentos y comer). Es en esta última vía en la que nuestro amigo felino puede tener algo que ver en la transmisión de la enfermedad. 

Lo primero que tenemos que saber es que sólo los gatos portadores del la enfermedad (un 20% de la población, que generalmente son callejeros) pueden transmitirla. Si nuestro gato no es portador de la enfermedad, no entrañará ningún riesgo para nosotros. Para saber si es portador, lo más sencillo es acercarnos a nuestra clínica veterinaria de confianza y pedir que le hagan un análisis de sangre. En un par de días sabremos cuánto debemos preocuparnos y el propio veterinario podrá orientarnos sobre prevención de la enfermedad, tanto para nosotras, como para nuestros gatos. 

Si nuestro gato es portador, hay que tener en cuenta que la enfermedad sólo la transmite si ingerimos sus heces. Por tanto, es recomendable que otra persona distinta de la mujer embaraza cambie el arenero del gato y que ella se lave bien las manos después de jugar con el gato y antes de manipular comida o comer.

Estas sencillas medidas pueden impedir que nuestro amigo se convierta en un riesgo para nuestro hijo. Sin embargo, habrá mujeres que, temerosas de correr el más mínimo riesgo con respecto a su bebé (que es completamente respetable) prefieran alejar al gato durante el embarazo. Dado que el tiempo de riesgo es limitado (9 meses por hijo), no sería descartable buscar a alguien que pudiera cuidarnos al gato en ese periodo de tiempo, ya que el niño nacido (especialmente si mama) estará en disposición de hacer frente a la enfermedad sin secuenlas, si acaso se contagiara. 

Si decides deshacerte definitivamente del gato, por favor, no lo abandones. Busca un nuevo hogar para él o ponte en contacto con alguna asociación que pueda ayudarte.